Sentí la piel de gallina, el vello de mis brazos se erizó
como el bamboleo de los árboles durante una tormenta de verano, así me sentí
cuando te marchaste, con tu maleta de color rojo, tu gorro de lana caído, y tu
sonrisa mezclada con una mirada triste. Cada paso que dabas sentía como si
ardiera mi alma, te perdía y no podía hacer más que aguantar con valentía tu
marcha, la salida de ti, el acostumbrarme a recordarte, el no poder tocarte.
Una parte de mi me incitó a correr tras de ti, pero la otra me contuvo – quiere
experimentar– me dije, – debo dejarla ir – me dije de nuevo. A veces las
pérdidas eran ganancias, y esas ganancias te las habías quedado todas tú,
mientras que yo me sumía en una irrecuperable quiebra, que me hizo abandonar
ese hogar que habíamos creado al que había llamado amor, y que desde hacía
tiempo me tenía de inquilino y a ti de casera. Me habías echado de mi hogar,
como un banco desahucia a una familia sin ingresos, me sentí impotente al no
poder hacer más que mi vieja maleta y marcharme a otro sitio. Mi lugar ya no
eras tú, tú habías evolucionado y habías dado el paso, ahora era yo quien debía
darlo. Me había aferrado a ese clavo ardiendo que eras tú, pero al volver a
tocarlo, por última vez, ya no me quemaba porque ya no estabas, lo noté frío,
duro, inerte… No tenía absolutamente nada, comenzaba de cero, y hoy sería el
día. Te seguía necesitando como los humanos necesitan respirar, pero había
guardado algo de aire por si esto sucedía. Mi vida debía girar, otear otros
horizontes, navegar en otras aguas, quizás América – me dije –, y allí me
planté, buscando, sin saber dónde estaría, la felicidad; y desde otro punto de
vista donde no pude percatarme, nos cruzamos. La casera y el huésped unidos
después de una triste despedida. Nuestros caminos habían chocado como un fantasma
atraviesa un mortal, primero lentamente y después rápidamente, noté que algo
extraño sucedía, pero no me di la vuelta. Me había convertido en un ateo del
destino, y todo lo espontáneo me era indiferente. Ya no eras mi casera, nuestro
hogar se veía agrietado y gritaba ser derribado para volver a ser de nuevo, y
tú ahora eras la inquilina de otro hogar mucho más pequeño y problemático, tu
casero era peor que yo, y era entonces cuando me recordabas. Las tornas habían
cambiado, y nuestro momento, desgraciadamente, había terminado.